Mami Glammy

mamiglammy.com · Aug 27, 2019

Gracias, Nueva York

Gracias Nueva York. Esto iba a ser una carta de despedida, sin embargo se convirtió en todo un acto de agradecimiento. La venta de mi departamento en Brooklyn significó cerrar una etapa que duró 14 años. No son pocos. Sin embargo, se fueron tan rápido que es difícil creerlo. Así es la vida. Como los tejidos de mi abuela: pequeños cuadros, que unidos forman un hermoso, imperfecto y único mosaico de lana.

Llegó el momento de terminar este cobertor de fino estambre de vivencias que tejí desde el primer día que llegué a Nueva York. El manto está formado por decenas de coloridos cuadros. En varios me equivoqué y tuve que regresar. En otros me equivoqué, pero seguí adelante. Y otros salieron simplemente perfectos. Pero al final acabé esta bella cobija que me servirá para cubrirme en esos días en los que una necesita acurrucarse con los recuerdos.

Vista de Manhattan desde Sunset Park, en Brooklyn.

De esta colorida cobija, el hilo que unió todos los cuadros fue Sunset Park, en Brooklyn. Llegué a este hermoso barrio que está en uno de los puntos más altos de la urbe. Aquí se pueden ver los enormes rascacielos de Manhattan desde lo más alto del hermoso parque que estaba justo frente a mi edificio.

Gracias, Nueva York, por traerme a Brooklyn

Cuando me mudé a Sunset Park, en el 2007, me enamoré inmediatamente de este lugar en el que mexicanos y chinos aún conviven. Más tarde llegaron los desarrolladores que rehabilitaron unas bodegas abandonadas que convirtieron en Industry City. Uno de los lugares más hip de Nueva York. Con el desarrollo también llegaron los yuccies (young urban creatives) que vieron el encanto que yo encontré en este lugar.

Para aminorar la tristeza del final de esta etapa, me llevé un amuleto: este anillo que me recuerda a mi amiga Sarah.

Gracias, Nueva York, por hacerme más fuerte

Sabía que no iba a ser fácil cerrar esta etapa que tanta felicidad me ha trajo y que me hizo sentir en su momento toda una ‘girl’. Me reencontré con quien hoy es mi esposo y el padre de mis hijos. Esperé durante nueve meses la llegada de mi primogénita, Cristina. Creí ilusamente que vivía entre Miami y Nueva York. Y me vi atrapada en el frío invierno, sin poder moverme esperando que no llegara Guillermo antes de tiempo.

Despedirme de este departamento que no se puede alquilar, en el que pasé mis últimos años de soltera, el embarazo de Cristina y el nacimiento de Guillermo no fue fácil. Así es que me llevé un amuleto que me recordó que todo en esta vida es pasajero.

Recibí este anillo de coctel muy especial de Sergio. El esposo de mi buena amiga Sarah, quien murió de cáncer dejándolo a él con dos niños muy pequeños. Tras su muerte, Sergio cambió de profesión. Se dedicó a hacer anillos. Al llevar en mi mano la memoria de mi amiga, que hasta el último día sonrió, me hizo poner el final de esta etapa en perspectiva. El ver el destello azul de esa enorme piedra sobre mis manos mientras desmantelaba mi departamento lleno de recuerdos me dio todas las fuerzas para soltar y agradecer a la vida darme este tremendo privilegio.

El llegar a esta ciudad me dio fortaleza, pero el despedirme de ella me hizo aún más fuerte.

Así lucía mi departamento cuando estábamos en el proceso de vaciarlo.

Gracias, Nueva York, por recibir a mis dos hijos

En estos 14 años, aunque vivía en Miami nunca me mudé de Nueva York. Llegué a la hermosa Ciudad del Sol con una barriga enorme y sólo una maleta. Nunca pasé por el proceso de empacar mis cosas y llevarlas a otro lugar. En Miami me fui asentando, sin haber dejado Nueva York. Sin embargo, al nacer Guillermo las visitas a mi hogar brooklyniano eran cada vez más escasas. Para gran suerte mía, pues la vida a veces nos hace estos maravillosos regalos, pude disfrutar muchísimos momentos con mi familia. Mis dos hijos también pueden decir que una parte de ellos pertenece a Brooklyn.

Cristina y Guillermo juegan con las cajas mientras limpiamos el departamento para entregarlo.
Cristina y Guillermo en las escaleras de emergencia que dan a los patios traseros de las casas que miran hacia el parque.

Gracias, Nueva York, por este tejido de recuerdos

Llegué a vivir a la International House después de haber pasado un año en Boston como Nieman Fellow. Fui tan afortunada de que después de vivir becada en Harvard, la Universidad de Columbia me diera otra beca. Así fue como di las primeras puntadas de mi tejido neoyorquino.

En el Sakura Park, frente a la International House, cuando apenas había llegado a Nueva York.

Aunque yo ya era toda una señora de mi casa cuando vivía en Monterrey, en Nueva York me convertí en una estudiante que vivía en un pequeño cuartito con baño compartido. Eso me enseñó que una casa grande no necesariamente es suficiente para dar albergue a todos nuestros sueños. En la Casa Internacional, que estaba ubicada a unas cuadras de Columbia pasé la mayor parte del tiempo estudiando, pero también recibí en mi pequeñísimo cuarto a varios de mis amigos que llegaron a visitarme.

Cristina Moreno y yo convertidas en disco divas para la fiesta de Halloween de la International House.

Mi primer año, como estudiante de la maestría de periodismo, fue uno de los más importantes de mi vida. En medio de un divorcio me di cuenta de que estaba sola, en un mundo nuevo, rodeada de gente que tenía apenas meses en mi vida. Nueva York me abrazó cuando lloré desconsoladamente en el metro ante el solidario silencio de quienes me rodeaban. Así como cuando me gradué y elegí quedarme en esta ciudad con un futuro totalmente incierto.

En mi graduación de la maestría de periodismo en la Universidad de Columbia en mayo del 2006.
Un gélido y soleado día de enero en Brooklyn, en el 2010.
Un paseo dominical casi de primavera en Tribeca, estando ya embarazada, en el 2011.

No acabaría repasando cada uno de los entrañables recuerdos que me trae esta ciudad.

Gracias, Nueva York, por enseñarme a empezar de nuevo

Fui editora de uno de los periódicos más grandes e importantes de México. Me hice, casi por casualidad, de una de las becas más importantes para periodistas en el mundo. Sin embargo, nada de eso fue suficiente para ayudarme a colocarme en un lugar que yo considerara “a mi altura” en Nueva York. La ciudad me dio una tremenda sacudida cuando la carroza se convirtió en calabaza y me aterrizó en mi realidad. Empecé prácticamente de cero como pasante en el canal de televisión local NY1. Fue durante esas heladas madrugadas de invierno, cuando iniciaba mis labores a las 4 de la mañana, en las que me di cuenta de que mis deseos por avanzar eran más fuertes que volver a la comodidad de lo conocido.

Identificación para entrar a NY1 como practicante.

Gracias, Nueva York, por los amigos

Bien dicen que los amigos son nuestra segunda familia. Llegué a Nueva York prácticamente sola. La única persona que conocía era mi primo Gabriel, quien ha estado cerca de mí muchos años. Sin embargo, poco a poco fui haciendo amigos y reconectando con otras personas que no lo eran. Esos “conocidos” se convirtieron en entrañables amistades que compartieron conmigo esta maravillosa ciudad. Me gustaría incluirlos a todos, sin embargo estas fueron las fotografías que pude rescatar.

  • Gracias, Nueva York, por haberme regalado una familia

    Sin embargo, de todos esos conocidos con los que reconecté, el más importante fue Manuel. Mi compañerito de la primaria con el que rara vez crucé palabra cuando vivíamos en Chihuahua. Manuel y yo éramos más pequeños de lo que hoy es Cristina cuando nos conocimos. El tiempo pasó y nos volvimos a ver en esta ciudad. Gracias a ese afortunado reencuentro hoy tengo una familia que atesoro y dos hijos hermosos que cambiaron mis prioridades y la manera de ver la vida.

    Los Campos Enríquez durante una visita al Jardín Botánico en la temporada navideña.
    Nuestro último día en Sunset Park.

    Gracias, Nueva York, por darme una lección de desprendimiento

    Siempre he dicho que quiero ir ligera por la vida. Y sí, ésta ha sido la lección de desapego que más me ha costado hasta el momento. No podía de la tristeza cuando empecé a desmantelar el departamento y encontrarme con tantos recuerdos de mi paso por ahí. Ya muchos de mis amigos ni siquiera viven en esta hermosa ciudad, sin embargo me entró una enorme nostalgia en esos últimos días. Gracias a la recomendación de mi amiga Renée, me dispuse a agradecer en lugar de despedirme.

    Así es que mi última noche, ya sin muebles, y después de haber limpiado yo misma hasta el último centímetro del departamento, le agradecí. Prendí todas la velas que tenía, me senté en la sala vacía y me puse a terminarme el último bote de helado que quedaba en el refri. Finalmente estaba preparada para irme sin soltarme llorando frente al comprador durante el cierre. Casualmente le entregué las llaves a un joven que recién terminó sus estudios de arquitectura en Harvard. Salí del bello despacho de la abogada de la cooperativa en Brooklyn Heights con una sonrisa en la boca y la esperanza de que lo que sigue será aún mejor. Para mi departamento y para mí. ¡Gracias, Nueva York!

    Noche en la que con velas y helado agradecí a ese departamento que me albergó por 11 años.

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